sábado, 3 de abril de 2010

Breverías: LUCERNA ARANEOMORPHAE

INTRODUCCIÓN A LA BREVERIA.
(un prefacio del Señor Wallace)

Alejandro Candela Rodríguez es muchas cosas pero, ante todo, es escritor. Aparte de sus queridísimas Perígrafes, tiene relatos acumulados, una lucha perdida con el decanato de filología (que no le publicó su relato ganador en el Certamen de Fantasía y Ciencia Ficción), y presiones por parte de varios que le piden que mande cosas a editoriales. Pero don Alejandro nunca sabe que mandar y, cuando tiene algo, no le parece lo suficientemente bueno y le mete fuego. Él es asín.
Sin embargo, sí que se "arriesga" con otras cosillas menores (bajo su punto de vista). Cosas que pare su mente y que son tan fugaces que ni siquera las considera relatos, viendose condenadas a permanecer garabateadas en los márgenes de algún cuaderno o dentro de un folio mal doblado en una carpeta rota. Entonces toma estas cosas a las que llama BREVERÍAS, les echa un ojo y si le molan, las vuelve a poner donde estaban. Hasta hoy.
Finalmente se ha decidido a dar uso de su magnífico, maravilloso y genial blog  --EL GUARDIÁN ENTRE EL ORÉGANO-- para publicar algunos de sus textos.
Disfruten (o no).

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LUCERNA ARANEOMORPHAE

El Marqués murió y no dejó herederos, por lo que su palacio quedó cerrado durante años y los organismos públicos pertinentes nunca llegaban a decidir que hacer con el edificio. Debido a ese abandono, lo salvaje dominó el lugar y las lámparas de araña se convirtieron en las dueñas de la fauna mobiliaria.

Al principio sólo estaban las grandes de los salones de baile y las de las estancias más importantes, de tamaño más reducido, pero poco a poco se fueron haciendo con las habitaciones principales, las enormes escalinatas de mármol y un par de pasillos llenos de retratos.
Se alimentaban usando una técnica muy evolucionada: tejían unas finísimas telas de oro blanco y plata de las que colgaban exquisitos cristales diamantados a modo de cebo. Entonces solamente tenían que aguardar a que el sabroso polvo cayera en su poder. El alimento allí era abundante y las lámparas solamente debían extender sus trampas para capturar grandes cantidades, como si de ballenas estáticas cazando crill se trataran.
Pasó el tiempo y la vida prosperó. Con la seguridad del polvo ilimitado, podían dedicarse a procrear sin temor alguno a depredadores, por lo que las crías crecieron sin dificultad alguna. Las lámparas de araña daban a luz otras lámparas más pequeñas y de diferentes formas y variedades, como flexos, lámparas de escritorio europeo, pequeños focos halógenos, lamparillas para baño, de mesita de noche, de pinza para libros, etc. Incluso surgieron también nuevas y esbeltas lámparas de arañas que trepaban hacia el techo de nuevas y oscuras salas cuando alcanzaban la edad adulta.
Tal expansión de la especie y de sus razas pronto provocó el declive de su competidor más encarnizado: el candelabro. En menos de cinco años, la inmensa población disminuyó tanto que ya solamente quedaban de ellos huesudos brazos que sostenían tristes velas enteras o a medio derretir, sangrando ríos de cera e implorando por una mano humana que les diera la ansiada chispa. Pero la selección natural había obrado y ya no había nada que hacer...
El reino de las lámparas de araña devoradoras de polvo y sus subespecies llegó a dominarlo todo; un poderoso y rico imperio animal que sólo conocía sus límites en las paredes del palacio.

Entonces fue cuando llegó la tragedia medioambiental.

Al parecer, el ayuntamiento y los concejales de urbanismo, junto a expertos en patrimonio cultural, habían llegado a una importante decisión: el emplazamiento del palacio era perfecto para situar las nuevas y sofisticadas pero ineficientes oficinas locales del gobierno, pero el coste de la restauración del edificio era demasiado elevado, por lo que se llegó a la conclusión de que el derribo era lo más acertado, dejando así espacio libre para levantar el nuevo proyecto. Algo nuevo, moderno, ecológico e innovador.

De nada sirvieron las protestas de los ecologistas en favor de las lámparas de araña.
El palacio fue demolido y, con él, todo un ecosistema rico y palpitante, siendo sustituido por un vanguardista champiñón relleno de una especie exótica, preludio de una plaga invasora: la lámpara de tubo de oficina.

Epílogo

En la actualidad, existe el centro de la Lámpara de Araña, con sede en Doñana, que lucha por devolver a los pocos ejemplares que quedan a un habitat en el que puedan vivir y desarrollarse de nuevo. Se puede contribuir enviando donaciones o apadrinando una lámpara por un euro al día.
No te olvides de las lámparas de araña.
Ellas no lo harían.

1 comentarios:

Jesús dijo...

Yo ya he apadrinado a la mía. ¡Me ha enviado un dibujo! ^^